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El ocaso de la tercera edad en Cuba

Por Euda Luisa Toural

Especial para CENTRO Tampa

LA HABANA-- Cuando visitas Cuba y caminas por las calles de Centro Habana, las historias aparecen como por arte de magia, acaso sin que uno las llame.

Esa particularidad tiene una explicación. Y es que la vieja ciudad esconde entre sus edificios, inexplicablemente erguidos ante la adversidad del tiempo y el abandono, miles de rostros diferentes. Muchos miran hacia abajo, otros dirigen la mirada hacia arriba, algunos observan con una vista perdida en el tiempo.

Parado en la puerta de la que siempre ha sido su casa, José, un septuagenario cubano y jubilado, se sorprendió cuando decidimos abordarlo y escudriñar en su vida, en su quehacer de vecino común.

“Yo cuento alguna que otra cosa, pero que no se te ocurra decir mi nombre… ¡Vaya! pónme José y ´depués´, si te he visto, ni me acuerdo”, dijo el anciano, sin vacilar.

El hombre de mirada curtida tiene 75 años. Se retiró de una institución productora de calzado después de trabajar durante buena parte de su vida en oficios de toda clase y exigencia.

José reconoció que fue una entrega personal a tiempo completo, tal como lo ha sido también la de muchos cubanos de la tercera edad que, hace más de cincuenta años, se encontraron con la revolución comunista de Fidel Castro y vieron que sus destinos empezaban a cambiar para siempre.

“Toda mi vida trabajé duro, desde que era un fiñe (niño). Nunca me he metido en ningún lío, siempre trabaja y trabaja”, dijo José. “Limpié zapatos, trabajé en una bodega, vendí entradas en un cine e hice una pila de cosas más”.

A manera de secreto comentó que se jubiló hace siete años y que decidió invertir en granos de maní ‘para tostarlos y venderlos’. Sus planes de empresario discreto y humilde, sin embargo, se frenaron cuando su estado de salud no le permitió salir a la calle para caminar bajo el sol y poder ofrecer su mercancía. Desde entonces dijo que hace maravillas para sobrevivir con su pequeña pensión y la caridad de los vecinos que se apiadan de su situación personal.

Pero en Cuba no es el único.

Como José, muchos jubilados y gente de la tercera edad, están obligados a ingeniárselas para llegar a fin de mes con lo poco que tienen en el bolsillo. El problema se agudiza considerando los problemas del gobierno cubano para aliviar las necesidades de la población cubana y la crisis interna que atraviezsa su principal aliado, Venezuela.

De acuerdo con datos y analistas de la situación cubana actual, más del 80 por ciento de la población de la isla trabaja directa o indirectamente bajo el aparato de las oficinas del gobierno cubano y sus entidades estatales. Según un artículo publicado en el 2017 en el sitio digital Cubahora, hombres y mujeres deben haber prestado 45 años de servicio para beneficiarse con una pensión del 90 por ciento del salario de los cinco mejores años, entre los últimos 15.

Los jubilados en Cuba han sido un sector especialmente afectado por las crisis y las reformas a partir de los años 90. El progresivo aumento de los precios, la carencia de alimentos y las bajas pensiones que reciben son barreras que dificultan actualmente el descanso a quienes han trabajado toda una vida.

Por ello, y por más, es frecuente encontrar por las calles de la isla a ancianos jubilados que se dedican a diversas labores. Ya sea como revendedores de mercancías o de periódicos para poder aumentar algunos pesos a su retiro.

La jubilación de José es de 242 pesos cubanos (unos $10 dólares al cambio actual) debido a que sus trabajos y quehaceres quizás no fueron muy estables y, según explicó, su salario nunca fue alto ´porque no tenía mucha cabeza´.

Sin embargo, José dijo que a pesar de todas esas dificultades y carencias la gente de su entorno lo reconoce como un hombre honesto e íntegro.

“Ahora que no trabajo voy a buscar los mandados en la bodega y ´depués´ vienen los vecinos y me traen alguna cosita”, contó José. “Me conocen de toda la vida, yo he sido un buen hombre”.

José no se acuerda cuándo se mudó al ´solar´ de Centro Habana, un edificio que fue esplendoroso según delatan algunos detalles de su arquitectura. No obstante José dijo que siente que ha estado toda la vida en ese lugar, amplio y multifamiliar.

El inmenso caserón posee más de 10 cuartos donde conviven numerosas familias. El lugar ha sido testigo de las alegrías y tristezas de José.

“Me casé una vez, hace tiempo, pero enviudé y desde entonces vivo solo. No tengo a más nadie, pero mis vecinos se preocupan por mí”, dijo José. “No necesito ya mucho, pensé buscar algún trabajito pa’ ayudarme con la pensión, porque no me alcanza pa’ ná, pero ´depués´ no pude, estoy cansado”.

José es un hombre de pocas palabras, pero cuando conversa lo hace rápido y enredado. También sonríe de medio lado y mira con desconfianza. Es una mirada que está casi siempre perdida en la distancia y que esquiva cualquier intento de entrar en temas complejos, como política.

“A mí no me preguntes de política porque ya te dije que ni mi nombre te voy a decir, yo no te conozco”, dijo José, casi en susurros. “Lo único que te voy a decir es que la situación está dura”.

Con José entablamos una conversación breve y a ratos amigable. No nos invitó a pasar a su casa del ´solar´ que, en la mayoría de casos, resulta siendo un cuarto pequeño, o diminuto, donde confluyen todas las áreas de la vivienda. Además, según explicó, ‘nunca tiende la cama y por eso no recibe visitas’.

José reconoció que su entorno es limitado, tanto como su futuro inmediato. Por eso solo le queda observar a la gente que pasa a diario por su entrañable ‘solar’.

“Todas las tardes me paro aquí, en la puerta del solar, a ver pasar la gente”, dijo José. “¿En qué pienso? No sé... creo que en nada”.

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