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jueves, 18 enero, 2018
Opiniones

Verdad, religión y castigo en Cuba

Por Mario Quevedo

Especial para CENTRO Tampa

Dice el dicho que de poetas y locos todos tenemos un poco. Pero la memoria; ese recuerdo de detalles que aparecen súbitamente y nos remontan a momentos pasados, esa memoria puede ser traicionera. Y no importa que recordemos a José Angel Buesa en el “Poema del Renunciamiento” que nos decía que “pasarás por mi vida sin saber que has pasado”. Los golpes quedan y hacen marcas profundas. A veces tenemos que comprender que hay quien prefiere solamente recordar lo que consideran son los buenos recuerdos aunque falsifiquen ese pasado.

Y aquí viene el problema. No es decir “recordar es volver a vivir”, o ‘prohibido olvidar”. Yo creo que en el caso de Cuba, en realidad lo que tenemos es que “recordar la verdad”. Es como el “Unicornio Azul” del despreciable Silvio Rodríguez, aquel que se le perdió y se le fue llevándole la vergüenza de hombre y por el que estaba dispuesto a pagar. Si, aquel poeta que luego firmó para que se castigara a los disidentes y se fusilara a tres cubanos.

En el caso de Cuba, podemos recordar a los que después de` la Era de Trujillo hubo millones de dominicanos que se mantuvieron en silencio hasta que se les pasara el pesar o el miedo a pensar o el terror a hablar. Y pasó mucho tiempo. En su magnífico libro “La Fiesta del Chivo”, Mario Vargas Llosa nos describe un pueblo que machacado por la propaganda, la falta de información, embrutecidas por el adoctrinamiento, el aislamiento, despojados del libre albedrio y hasta de curiosidad por el miedo y la práctica del servilismo y la obsecuencia, llegaran a divinizar a Trujillo (en este caso la revolución). No sólo a temer, sino a querer al déspota convencido de que azotes y castigos son por su bien y lo merecen; como puede pasar con alguna mujer abusada.

Y es que esa descripción de Vargas Llosa es hoy la que pudiéramos hacer de tantos cubanos que solo quieren recordar su época de juventud disfrutando la música del Unicornio tratando de olvidar la escuela al campo y las miserias morales que sufrieron los “becados”. Aquellos que no conocieron el nombre de Arnaldo Socorro, aquel joven asesinado por los criminales, proclamando la Fé y arropado por la imagen de la Virgen Santísima. Aquellos que no participaron en el Primer Congreso Nacional Católico en noviembre de 1959 después de la peregrinación de nuestra Virgen de la Caridad.

Son los turistas del mórbido recuerdo que van a proclamar las bellezas de la tierra cubana, de sus aguas cristalinas y su arena fina y, como por obligación, se sacan la foto en el malecón con el Morro en sus espaldas. Son los que prefieren no recordar los fusilamientos en La Cabaña o las mazmorras del Morro.

Son los turistas que visitan las bellezas del Escambray y se niegan a recordar los asesinados en aquellas montañas; las bartolinas de Guanabacoa, cuevas antiguas usadas originalmente para castigar esclavos; las tapiadas de Boniato; Guanajay o los nombres de aquellas mujeres que enfrentaron con dignidad lo peor que la vida puede ofrecer a un ser humano. Esas como Minon que tanto ejemplo siempre nos han dado. Son los turistas que cantan las bellas melodías cubanas disfrutando de un mojito, pero nunca podrán cantar La Montaña pues no saben a qué se refiere. Pero eso si lo recuerdan los que cumplieron en las malditas circulares de Isla de Pinos.

Y cuando veo esa bella foto que todos se quieren hacer en el malecón de La Habana, con el Morro a las espaldas, yo recuerdo aquel tiempo cuando fueron expulsados nuestros mejores sacerdotes en el Covadonga y en el Marqués de Comillas. Ellos, en las bodegas de aquellos buques viajaron al destierro dejando atrás al Morro querido que hoy se convierte en símbolo para el recuerdo del desmemoriado. Recuerdo las fotos de las monjitas expulsadas bajando del avión en Canadá. Recuerdo la crueldad del régimen con mis padres separando la familia. Recuerdo el crimen de la Embajada del Perú y el (éxodo del) Mariel. Recuerdo a los muertos en el estrecho de La Florida. Recuerdo el crimen de los pilotos de Hermanos al Rescate que solo trababan de salvar vidas.

Cada uno tiene su recuerdo y yo también tengo muy buenos de mi niñez en el Camagüey querido. Pero eso para otro artículo. Mientras tanto, que siga la cantaleta de los negocios con Cuba de los políticos que prefieren viajar a La Habana antes de caminar por Columbus Drive. ¡Qué viva la Pepa!

Quevedo es un periodista cubano que reside en Tampa. Trabajó en radio, televisión y tuvo su propio periódico ‘La Voz Hispana’. Para comunicarse con el comunicador: marioquevedo1@aol.com

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