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viernes, 25 mayo, 2018
Opiniones

Recuerdos de Camagüey

Por Mario Quevedo

Especial para CENTRO Tampa

“Porqué si pensó que no era un lugar al que un hombre quisiera volver; el lugar no necesita estar allí más. Lo que le duele a un hombre al volver es lo que recuerda”. -William Faulkner (La Mansion).

A Mario Quevedo le gusta visitar el pasado. Muchas razones me mueven, pero no precisamente aquella de que “recordar es volver a vivir”. La vida se vive dando todo cada día y si visitamos el pasado es para disfrutarlo o para aprender de lo que hemos vivido.

Pues bien, regreso a mi niñez en el Camagüey que me quitaron al llegar la noche. Son recuerdos gratos de una época cuando la patria caminaba, con algunos desvíos, hacia un futuro mejor. Son recuerdos que se me hacen reales ahora con un libro de un buen amigo, Eduardo, Pancho Peláez, en su “Nostalgias del Tinajón” donde plasma sus recuerdos de juventud.

Dejando de lado el hecho de que Peláez es un poco mayor, su recorrido por nuestra ciudad me llevó a recordar un cuento que me hacían de niño y que yo lo creía real pues supuestamente era en un barrio del centro camagüeyano cerca de la iglesia de Las Mercedes y se reflejaba en el pelo blanco del abuelo.

Ya de viejo entendí que el cuento del “Callejón del Miedo” que me contaban en casa era solo una variante de las leyendas del tiempo de antes y que se repetían de acuerdo a lo que se recordaba y con cambios en distintos países, pueblos y ciudades.

Aquello fue parte de una niñez feliz en el colegio Champagnat de los Hermanos Maristas. Amigos del barrio que de niño jugábamos a los “escondidos”, los “cogidos”, o seguíamos a un director que ordenaba “pasos de enano” o “pasos de gigante”. Eran juegos muchas veces inventados en la inocencia que, al crecer, nos hacia fijar un poco más en las muchachitas.

Gracias a Dios, como parte de mi educación en los Maristas, fui parte de la Juventud Estudiantil Católica y semanalmente visitaba la catequesis en uno de los barios más pobres de mi ciudad para dar algún conocimiento a los niños que allí vivían. Por lo menos dos de los alumnos mayores y uno de los hermanos del colegio nos tenían que acompañar en aquellas expediciones sabatinas que me enseñaron que había pobreza y dolor en mi ciudad.

Fue enseñanza que luego me llevó a conspirar contra el régimen y ver a mi padre, de madrugada, esperando a ver si los esbirros que nos habían arrestado nos dejaban salir. Lo recuerdo esperando respuesta ante la tenebrosa cárcel del G2 y en otra ocasión en el triste Vivac donde los presos comunes creían ganar puntos atacando a los “políticos”. Fueron aventuras de juventud y dolor de padres.

Pero queda la otra parte. Caminar hasta el otro extremo de Camagüey para visitar a las muchachitas en la Caridad. Teníamos que pasar todo el centro de la ciudad y era lejos, pero a esa edad y para disfrutar la noche en esa conversación de pepillos, nada importaba.

Mi padre era viajante de medicina; no éramos acaudalados. Eramos socios del Camagüey Tenis Club y después de haber sufrido la fractura de una pierna, todos los días a la hora del almuerzo viajaba allá para hacer ejercicio en la piscina.

Veranos con los tíos en Numero Uno o con Chafa en San Jacinto. Salir con Rafaelito, el marinero, a pescar o pasar la noche en el bote a la salida de la Bahía de Nuevitas. Ir al Francisco con Ricardín Rubiales y pasar un par de días pescando en Rabi Ahorcado. Ir a Cuatro Compañeros o Aguilar con Paco Casas y Octavito a visitar amigos en el campo. Montando caballos en “La Josefina”, finca de un amigo querido, Tati Rodríguez. El guajiro tenía órdenes precisas de salir al potrero y donde encontrara un retoño de marabú, cortarlo y erradicarlo. Hoy ese bello campo camagüeyano es un mar impenetrable del maldito marabú.

Niñez de viajar a Miami con abuelo a visitar a Tía Irene, a La Habana con los tíos allí. Con Abuelo Quevedo y Abuela Lola en la casona de Avellaneda. El buen médico que a todos –con o sin dinero- curaba. Con Abuelo Don Joaquín y Abuela Emma, la irlandesa que en Nueva York conoció a abuelo cuando allá estudiaba y hoy descansa junto a él en el Camagüey que aprendió a querer.

Hoy queda la memoria de aquellos tiempos indestructibles por el tiempo o el odio. Esa es la Cuba buena que no se puede olvidar o destruir.

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