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martes, 23 octubre, 2018
Opiniones

Los 15 años de La Primavera Negra

Especial para CENTRO Tampa

Julio Aleaga Pesant

Las angustias del autócrata cubano a principios de los noventa se saldaron con la crisis económica, los balseros, el derribo de los aviones de Hermanos al Rescate y el crecimiento de la oposición alrededor de Concilio Cubano (1996). La represión no impidió el aumento del activismo opositor. Nacieron organizaciones como Todos Unidos, La Mesa de Reflexión y el Movimiento Cristiano, apoyando El Proyecto Varela consistente en la realización de un plebiscito sobre las reformas. La unidad logró que en 2002, 11,020 cubanos refrendaran el referéndum, y fuera presentado en el parlamento unicameral controlado por comunistas.

Paralelamente, a raíz de la detención y condena (2001) en Estados Unidos de una red de espías, a Fidel Castro se le ocurrió una idea de cómo liberarlos. En su lógica, los opositores eran aliados de los yanquis, así si el detenía suficientes de ellos, realizaría intercambio de prisioneros. “Mataba dos pájaros de un tiro”. Liberaba a sus espías y disminuía la presión opositora. Necesitaba, la cifra de intercambio (15 por uno), esperar el momento internacional favorable y crear un escenario interno propicio para la razia.

Todo llegó en 2003. Desde el año anterior una coalición internacional presionaban a los iraquíes. El 16 de marzo, la Cumbre de las Azores presentó ultimátum, preludio guerra. Mientras en Cuba, desde el 16 de enero se desarrollaba la Operación Coraza, contra las drogas y a escala nacional.

Había llegado el momento internacional y creado el escenario interno.

Cuarenta y ocho horas antes del comienzo de las hostilidades contra Iraq, el 18 de marzo en la madrugada, el operativo Coraza, se redireccionó contra los activistas del Proyecto Varela, médicos, periodistas y economistas independientes. Dos semanas de terror. Nadie que tuviera contacto con la oposición se sintió seguro. Las detenciones fueron durante tres días (18, 19 y 20). Testigos recuerdan más de 90 personas encarceladas, algunos laureados poetas o economistas, señal que nadie estaba exento en la tenebrosa lógica del paranoico autócrata, y sus secuaces. A pesar del miedo el activismo cívico no se paralizó. Los periodistas independientes y activistas revelaban lo que sucedía al mundo, y los familiares de las víctimas se organizaron para defenderse. La comunidad internacional denunció el crimen, y las condenas desde Europa y América, fueron inmediatas. Intelectuales y artistas, manifestaron su oposición, y hubo marchas internacionales en solidaridad con los detenidos. Amnistía Internacional los considero Presos de Conciencia.

Ante el repudio, la dictadura creó una campaña de descredito contra los detenidos. A través de sus servicios de inteligencia, estimuló actos violentos, como el secuestro del ferry de la bahía habanera, y dos aviones de pasajeros, Gerona-La Habana. Los juicios contra los delincuentes se desarrollaron casi en paralelo con los de los opositores. El gobierno habló de escarmiento y tres hombres fueron fusilados. Otra condena internacional cayó sobre el autócrata.

Cada provincia cubana aportó su cuota de víctimas a la Primavera Negra. Los juicios contra los activistas, periodistas, médicos y economistas comenzaron en la segunda semana de abril. Las pruebas fiscales consistían en poseer máquinas de escribir, grabadoras de sonido, visitar la embajada norteamericana, o repartir medicinas y alimentos entre los pobres. Las acusaciones se hicieron en base a Ley 88 o mordaza, de espíritu soviético. Las condenas llegaron hasta los 28 años de prisión. Como castigo adicional las víctimas fueron enviadas a prisiones muy distantes de sus hogares, como para recalcar el drama humano. Un viaje de una esposa y sus hijos pequeños por cientos de kilómetros fue parte de la tragedia. Entonces se organizaron redes de apoyo para apoyar a los familiares de los presos políticos.

Con la salida del dictador en el 2006, y como su estrategia para liberar a los espías fracasó, su hermano entronizado, rediseñó él sistema. Detendría a un contratista norteamericano (Alan Gross), liberaría gradualmente algunos de los presos, y desbordado por la presión de las marchas de las Damas de Blanco, cada domingo después de misa, utilizó al gobierno de España y a la Iglesia Católica, de pantalla, para desterrarlos.

Los que rechazaron el destierro fueron los últimos en ser liberados, siete años después.

A tres lustros de la Primavera Negra se recuerda la entereza e integridad de aquellos que de humildes activistas, víctimas de la represión, pasaron a héroes. La mayoría reconstruyó su vida en el exilio, junto a su familia. De los 75, siete quedan en la isla, todos con una presencia destacada en el movimiento prodemocrático.

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