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El hombre que quiere regresar a casa

By Por Sue Carlton - Tampa Bay Times
Published: May 14, 2018 Updated: May 16, 2018 at 11:49 AM
Foto: John Martin/Tampa Bay Times
Sostenos Cunplido, 60, habla con su traductora la especialista de Salvation Army, Ivy Neely, en el Red Shield Lodge en Tampa. Cunplido perdió su pasaporte y papeles de inmigración tras sufrir un derrame el año pasado.

TAMPA - Las palabras no llegan. Están en algún lugar detrás de los ojos inteligentes de ese hombre, cosas que quiere contar, recuerdos que explicarán cómo llegó hasta aquí y qué le sucedió. Lo intenta, pero no puede encontrarlos.

Él es un joven de 60 años, de estructura cuadrada, robusta y de pelo oscuro sentado en una silla de ruedas. Habla, vacilante, a través de una asesora de servicios de Salvation Army que habla español como su intérprete. Él responde las preguntas de un periodista: él es de México. Vino a Tampa con sus primos para hacer trabajos de carpintería. Él tenía sus papeles. Después de eso, un borrón.

Él dice que su nombre es Sostenos Cunplidro, aunque la ortografía podría no ser la correcta y tenía los nombres mezclados cuando llegó por primera vez al refugio de Salvation Army. Oficiales lo llevaron allí en septiembre pasado después de que se descubriera que vivía en circunstancias “no destinadas a ser habitables”. Ese es el código que asigna a las personas sin hogar. Recientemente sufrió un derrame cerebral y no pudo decirles dónde nació. Todos los papeles que tenía habían desaparecido.

“Somos uno de los pocos lugares que lo recibía sin una identificación”, dijo Kelly Garrett, directora de servicios sociales. “No lo iba a volver a poner en las calles”.

En una ciudad donde las personas sin hogar son un lugar común, él era inusual. La mayoría de los que pasan por el refugio de 110 camas en el downtown de Tampa permanecen 60 días o menos. Él lleva ocho meses.
Personal de Salvation Army se ha acercado a Inmigración. También han enviado fotos al consulado mexicano sin suerte.

El invierno pasado, fue hospitalizado y parecía haberse estabilizado lo suficiente como para recuperar algo de claridad. Podría decir que nació el 19 de marzo de 1958 en Tehuantepec, México. Y que él quería regresar a casa.
Las personas que podía recordar en Tampa, incluso un pastor, también lo recordaban, pero nada sobre la familia. Y los funcionarios federales no lo enviarían de regreso sin más información o alguien para recibirlo.

Las semanas se convirtieron en meses. El señor Sostenos, como lo llaman, se convirtió en un rostro familiar en el refugio, leyendo su Biblia por las mañanas, viendo deportes y noticias en la televisión en la sala común con otros residentes, tomando la camioneta que llega a la iglesia. Allí le dieron una gorra de béisbol que usa. “Jesús es mi jefe”, dice.

Él lava y plancha su ropa, puede alimentarse por sí mismo. Él ha hecho amigos.Trata de aprender palabras en inglés. Tiene una habitación en el segundo piso con una mesa para sus manzanas y papas fritas y latas de café recién hecho, y una vista de una pared de ladrillos del edificio ubicado al otro lado de la calle. En el refugio dicen que el señor Sostenos es simpático, agradable y también triste.

¿Podría el periódico ayudar a encontrar a alguien que lo conociera? Cuando lo visite, él dijo que había estado viviendo en un departamento con otro hombre y que solo trabajó un mes antes de enfermarse. Él contó que sus padres están muertos. Sabe que todavía tiene amigos en Oaxaca, México, aunque no puede encontrar sus nombres en su cabeza. Afirmó que está agradecido por todo lo que han hecho por él en el refugio.

Cuando le pregunto si recuerda comida que echa de menos de su casa, él lucha, luego toma mi libreta y dibuja un tallo de maíz alto. “¡El maíz!”, dijo el intérprete. Le pregunto si tiene tatuajes, pueden ser pistas de una vida, y hace una pequeña broma. “¡Estoy limpio!”, respondió en español, ella traduce, y todos ríen.

La música que echa de menos es la música religiosa mexicana. Todos los recuerdos se le escapan, él lo sabe: no está donde debería estar. Esto hace que sus ojos se llenen de lágrimas, y hace que las personas de Salvation Army que lo cuidan le alcancen un pañuelo.

“Debe ser horrible anhelar un lugar”, dijo Garrett.”Y no ser capaz de llegar allí”.

Colaboró en este artículo John Martin, investigador de Tampa Bay Times.